Entre el cuello y los hombros se le clavan alfileres. Levanta los brazos, desciende las piernas. La cabeza se mantiene erguida pero cierra los ojos: nota el aire cambiando de posición y las partículas reordenándose en torno a su piel y su pelo. Los músculos se estiran y sus antagonistas se contraen en un ejercicio mecánico que no necesita pensar. Automatizado, símplemente se lleva a cabo. Y es el cuerpo lo que le mantiene viva. No las pulsaciones del pensamiento, no la conciencia de si misma. El cuerpo autogestionándose y moviéndose, marchitándose, en la más absurda normalidad.
En la planta de los pies percibe la rugosidad del esmalte de una baldosa. Pasea la piel y la aplasta contra el suelo. Aprieta. Aprieta con fuerza hasta que la mandíbula se marca de contraer los dientes, hasta que se le agarrotan los músculos, hasta que siente la sangre recorriendo su cuerpo por dentro.
Recuerda las cuerdas que se le anclaron en el pecho, las que le recorrían la garganta y le conviertieron en negro sin voz, esas que salían al aire a través de las
pupilas y se enhebraban en palabras, en momentos, en historias, en vivencias.
Rompió todo cuanto tuvo al alcance te la mano: no fue suficiente. Ahora se limita a deshacerse de todo salvo de aquello que,
aislado de la memoria, no tiene un sabor amargo ni una sombra proyectada
que participa de luz artificial y de fuego cavernario. Madera, toca
siempre madera. Y mejor que se ahorre las tijeras en cruz sobre la mesa; ya no hay
nadie que las cierre y las esconda, ya sólo queda ella para comprobar que
el filo aún se mantiene afilado, que el metal sigue cortando.
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